La jubilación como nuevo comienzo: mi trabajo con el Proyecto Memoria Histórica Sobreviviente en El Salvador de la Posguerra
Bernie Hammond, PhD
Profesor Emérito, Sociología / Estudios de Justicia Social y Paz, King’s College, Universidad Western
El significado de la jubilación
Después de una carrera académica de 40 años y a la edad de 73 años, comencé a contemplar la jubilación. Muchas de mis amistades, tanto académicas como de otros ámbitos, ya se habían jubilado y sin excepción, recomendaban hacerlo. Pero ¿qué haría yo? De manera unánime, mis amistades me aseguraban tener tantas ocupaciones durante la jubilación que no podían entender cómo alguna vez habían encontrado tiempo para trabajar. Así que, en 2015, di el salto. Ahora, casi 11 años después, soy prueba viviente de la verdad de aquel consejo que había recibido de tantas personas queridas.
Unas palabras sobre mi labor académica
A modo de explicación, y antes de contar qué es lo que actualmente me mantiene ocupado, conviene decir una o dos palabras sobre la naturaleza de mi trabajo en la academia. Soy sociólogo y tuve la suerte de trabajar para una institución que valoraba y apoyaba el hecho de que mi pasión en la vida académica fuera escribir y enseñar sobre temas de justicia social, y transmitir ese entusiasmo a mis estudiantes. Creo firmemente en el concepto y la práctica del aprendizaje experiencial y, con ese fin, incorporé en mi enseñanza oportunidades para que mis estudiantes viajaran a países del Sur Global y aprendieran de primera mano sobre las injusticias estructurales que enfrentaban las personas, cómo lidiaban con ellas y cómo, en muchos casos, esos problemas podían rastrearse hasta nuestras propias realidades políticas.
Aunque organicé viajes para mis estudiantes a muchas partes del mundo, supervisé personalmente a quienes eligieron viajar al Caribe y a Centroamérica, específicamente a la República Dominicana, Cuba, Guatemala y El Salvador. Durante los primeros años de mi jubilación, enseñé inglés mayoritariamente a jóvenes de entornos desfavorecidos en una pequeña escuela de idiomas en Guatemala. También viajé con frecuencia a la República Dominicana para investigar el impacto perjudicial de una empresa minera canadiense en las comunidades locales. Además, continué presentando ponencias sobre una variedad de temas canadienses de justicia social en una conferencia anual en la Universidad de Holguín, en Cuba.
Luego, en 2017, se me ofreció la oportunidad de participar en un proyecto extraordinario, brillantemente concebido, que investiga y apoya las experiencias de sobrevivientes de la guerra civil que devastó El Salvador desde 1980 hasta 1992.
La Guerra Civil de El Salvador (1980-1992)
Este conflicto de 12 años tiene sus orígenes en la pobreza extrema provocada por una distribución desigual de la tierra y mantenida brutalmente por un gobierno autoritario. Este gobierno contaba con un fuerte respaldo de las fuerzas armadas salvadoreñas y con el apoyo de Estados Unidos, en el contexto del temor al comunismo característico de la Guerra Fría. Estas condiciones condujeron a la formación eventual del Frente Farabundo Martí para la Liberación Nacional (FMLN), una coalición de grupos de izquierda decidida a cambiar la realidad social salvadoreña.
El ejército respondió con una represión feroz, incluyendo la formación de escuadrones de la muerte y el uso de tácticas de tierra arrasada desarrolladas por el ejército estadounidense en Vietnam. Una de las consecuencias fue el desplazamiento generalizado de personas que con frecuencia buscaron refugio en las montañas. La ONU estimó que aproximadamente 75.000 personas murieron durante la guerra. El ente recibió 22.000 denuncias de violencia y atribuyó el 85 por ciento de las violaciones cometidas durante la guerra a las Fuerzas Armadas de El Salvador.
Los Acuerdos de Paz se firmaron en 1992, sin embargo, innumerables familias quedaron de duelo por niñas, niños, mujeres y hombres que no solo no sobrevivieron a la guerra, sino que murieron de forma brutal tras torturas indescriptibles. Estas muertes marcaron las memorias de una generación de personas salvadoreñas que, hasta el día de hoy, luchan por enfrentar sus pérdidas y por recordar su historia a través de asociaciones locales dedicadas a esta tarea. Estas asociaciones comunitarias son socias clave de Memoria Histórica Sobreviviente en El Salvador de la Posguerra.
El proyecto
El proyecto nace en 2017 cuando un grupo de sobrevivientes de la guerra civil, arquitectos, lideresas y líderes de movimientos sociales y mi colega, la Dra. Amanda Grzyb profesora de la Facultad de Información y Medios de la Universidad Western. Hasta ahora, el proyecto se ha centrado en comunidades del departamento norteño de Chalatenango y de Cuscatlán, en cuyas montañas muchas personas buscaron refugio durante la guerra. Lamentablemente, estas mismas montañas se convirtieron con frecuencia en el lugar de algunas de las masacres más atroces de civiles, justificado bajo la sospecha de que pudieran ayudar o incluso simpatizar con grupos de izquierda.
El proyecto comenzó de forma modesta, con el montaje de una exhibición de fotografías tomadas por canadienses de Oxfam Canadá y otro grupo de simpatizantes durante el conflicto. Esto brindó a familiares sobrevivientes la oportunidad de ver por primera vez fotos de las experiencias de sus seres queridos durante la guerra, muchos de los cuales no sobrevivieron. Mi tarea consistía en ayudar a montar las exhibiciones fotográficas en varias comunidades y asistir a sobrevivientes locales en la identificación de familiares y amistades, ofreciendoles así una nueva comprensión de su experiencia de la guerra.
Al hacerlo, quedé y sigo estando, profundamente impresionado por el potencial sanador de la memoria para enfrentar tragedias y sufrimientos a menudo enterrados, consciente o inconscientemente, en lo profundo del subconsciente. Se ofrecieron servicios psicológicos de proveedores locales de atención médica y de profesionales de salud mental de la Universidad Western para apoyar a quienes los desearan a medida que emergían estos recuerdos. La profunda naturaleza sanadora de la memoria de las personas sobrevivientes, tal como se hizo evidente en las respuestas a la exhibición fotográfica, me dejó aún más admiración y compromiso con este proyecto en su conjunto.
Gradualmente, con el generoso financiamiento del Consejo de Investigación en Ciencias Sociales y Humanidades de Canadá, de otras organizaciones financiadoras y de muchas organizaciones comunitarias y religiosas, el alcance del proyecto se expandió. Ahora involucra a decenas de académicas, académicos y profesionales de muchos países, quienes colaboran en la localización y grabación de la música de la revolución, en la construcción de museos dedicados a preservar las memorias de la guerra, en la creación de un parque memorial en el sitio de una de las principales masacres, e incluso en un proyecto de bordado que borda memorias de la guerra en prendas, cojines y tapices.
Hemos pasado de acompañar a sobrevivientes para documentar sitios de masacres con GPS al uso de drones, levantamientos LIDAR de aldeas destruidas y de radares de penetración terrestre para localizar tumbas sin marcar. En este último caso, el equipo ha aprendido directamente de la Secretaría de Sobrevivientes de las Seis Naciones, una organización indígena liderada por sobrevivientes que recupera la verdad sobre la antigua escuela residencial Instituto Mohawk.
Mi retribución
En el plano personal, este proyecto me ha llevado a caminar por bosques y subir montañas mientras me defendía de mosquitos y garrapatas, ayudar a organizar entrevistas con sobrevivientes, revisar traducciones del español al inglés, participar en reuniones de asociaciones de sobrevivientes y caminar muchos kilómetros por terrenos difíciles para participar en conmemoraciones anuales de masacres. A menudo he bromeado diciendo que, para mí, la jubilación ha significado simplemente seguir trabajando, pero sin salario. Debo confesar, sin embargo, que cualquier humilde contribución que haya hecho al éxito de este proyecto ha quedado empequeñecida por el inmenso placer de ver sus logros y por la satisfacción y la pura alegría de trabajar con el brillante y cordial equipo responsable.
Mi colega, la Dra. Amanda Grzyb, tiene una forma especial de atraer hacia ella a personas que no solo son inmensamente talentosas, sino que también han demostrado ser algunas de las más cordiales y fascinantes con las que he tenido el placer de trabajar. Sus propios talentos son evidentes, por supuesto, en su papel para ayudar a concebir este proyecto y colaborar con otras personas para llevarlo al nivel de éxito que ha alcanzado. Sus muchas contribuciones a la vida académica y a la comunidad en general sin duda se reflejan en su reciente y muy merecido nombramiento a la Orden de Ontario.